El error de Byung-Chul en su visión de la educación universitaria
- DR. BARY G. BIGAY MERCEDES

- hace 4 días
- 2 Min. de lectura

Byung-Chul Han afirma que los catedráticos se han convertido en vendedores y los estudiantes en clientes que evalúan el servicio educativo. Pero esta visión, aunque poéticamente apocalíptica, confunde la superficie de la experiencia universitaria con su esencia. El lenguaje del mercado ha contaminado ciertos discursos institucionales, sí, pero reducir la educación a una transacción es olvidar que en cada aula se libra una batalla silenciosa por el pensamiento crítico, por la resistencia frente a la trivialidad. Los estudiantes no compran conocimiento; participan, discuten, se contradicen, y en ese proceso construyen sentido. El profesor no vende, media entre la tradición y el presente, entre el saber acumulado y la incertidumbre del futuro. Esa relación no es mercantil, es dialógica.
La crítica de Han a la cultura de la evaluación es justa en tanto denuncia un sistema que pretende cuantificar lo incuantificable. Sin embargo, al describir a los estudiantes como “clientes”, el filósofo incurre en la misma lógica instrumental que desea condenar. El acto educativo no se degrada porque haya encuestas o indicadores; se degrada cuando quienes habitamos la universidad olvidamos que esos mecanismos son contextuales, no ontológicos. Evaluar no significa necesariamente mercantilizar. Puede significar, en cambio, una oportunidad de reflexividad, un espacio donde docentes y alumnos revisan juntos cómo están pensando, cómo están aprendiendo, cómo están enseñando.
Desde dentro de la universidad, no vivimos la educación como una cadena de producción de diplomas, sino como un laboratorio del espíritu. Cada semestre, los muros del aula contienen un pequeño milagro: el encuentro entre biografías, disciplinas y generaciones. Es cierto que hay burocracia, rankings y lógicas neoliberales que amenazan con vaciar ese encuentro, pero también hay resistencia. La resistencia del ensayo que se arriesga, del estudiante que pregunta lo incómodo, del profesor que rehúsa ser un gestor de contenidos. Esa vitalidad no colapsa; se transforma.

Han ve grietas en el sistema y espera que lo destruyan. Quienes enseñamos dentro de él, en cambio, intentamos habitar esas grietas, ensancharlas desde adentro, hacer las fértiles. La esperanza no está en la ruina, sino en la reinvención. La universidad no necesita ser demolida; necesita ser pensada de nuevo, cada día, por quienes la habitamos. Si el capitalismo tardío convierte todo en mercancías, la educación responde con su propio tiempo: lento, inútil, deliberadamente improductivo. En esa inutilidad está su poder emancipador.
Quizás lo que colapsa no es la cultura, sino la paciencia del pensamiento. Y ahí sí, Han tiene razón en advertirnos. Pero su diagnóstico se queda corto si no reconoce la pulsión vital que aún tarde en las aulas. Los catedráticos no somos vendedores, ni los estudiantes clientes. Somos, en el mejor sentido, cómplices en la tarea infinita de aprender a pensar. Y mientras esa complicidad exista, habrá cultura, habrá universidad, habrá futuro.
.png)



Comentarios