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Francisco: Un Santo entre Nosotros

Ilustración generada con DALL·E de OpenAI, basada en una descripción conceptual del autor.
Ilustración generada con DALL·E de OpenAI, basada en una descripción conceptual del autor.

La historia de la humanidad ha sido escrita por hombres que, en su tiempo, no siempre fueron comprendidos. Sin embargo, su verdad, su compasión, su virtud invencible terminaban imponiéndose a las resistencias de su época. Tal es el caso de Jorge Mario Bergoglio: el Papa Francisco, quien no necesita la beatificación postrera de los siglos para ser reconocido, ya desde ahora y para siempre, como santo.

Afirmarlo no es un acto de fe ciega, sino de razón lúcida. Francisco, más que un pontífice, encarnó una revolución moral sin violencia; una insurgencia de la ternura en un mundo endurecido por el cinismo y la indiferencia. No fue santo por ostentar el poder de Roma, sino porque abdicó, precisamente, del esplendor mundano que suele seducir a quienes caminan los pasillos del poder. Su trono fue de madera, su corona de humildad, su cetro una mano extendida hacia el último de los hombres.

Bajo su guía, la Iglesia dejó de ser una fortaleza cerrada para volver a ser, como en sus orígenes, un hospital de campaña. Tocó las heridas del mundo sin asco, habló de misericordia cuando el dogma hubiera preferido el castigo, y suplicó por el cuidado de nuestra "casa común" cuando el orgullo industrial prefería su destrucción. ¿Qué otro signo de santidad podría pedirse sino el de quien arriesgó su prestigio por amor a los olvidados?

Francisco, con su andar lento pero firme, nos recordaba que la grandeza del ser humano residía no en su fuerza, sino en su capacidad de compadecerse. Su santidad fue la de un hombre que no pontificaba desde la altura de su investidura, sino que descendía al barro del dolor humano, consciente de que allí, y no en los salones dorados, se encontraba a Dios.

No fue infalible, ni pretendió serlo. No fue perfecto, y en ello radicó su testimonio más poderoso: la santidad no es la negación de la fragilidad humana, sino su redención. En un mundo que exigía superhombres, Francisco nos enseñó que la verdadera grandeza se media en la pequeñez de los gestos cotidianos, en el perdón ofrecido una y otra vez, en el amor que insistía cuando todo parecía perdido.

Y, como cantaba León Gieco, "Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente", Francisco fue, precisamente, esa respuesta encarnada: un corazón que no fue indiferente al sufrimiento del prójimo, una conciencia despierta en medio de la tempestad.

Hoy, su ausencia física no disminuye su presencia espiritual. Afirmo —sin temor al error ni pretensión de idolatría— que Francisco fue un santo entre nosotros. Y quizás, como suele suceder con los santos verdaderos, sólo ahora, cuando su voz ha callado en este mundo, comprenderemos cuán cerca de nosotros caminó este gigante de alma sencilla.

Afirmarlo no es un acto de fe ciega, sino de razón lúcida. Francisco, más que un pontífice, encarna una revolución moral sin violencia; una insurgencia de la ternura en un mundo endurecido por el cinismo y la indiferencia. No es santo porque ostente el poder de Roma, sino porque ha abdicado, precisamente, del esplendor mundano que suele seducir a quienes caminan los pasillos del poder. Su trono es de madera, su corona es de humildad, su cetro es una mano extendida hacia el último de los hombres.

Bajo su guía, la Iglesia ha dejado de ser una fortaleza cerrada para volver a ser, como en sus orígenes, un hospital de campaña. Ha tocado las heridas del mundo sin asco, ha hablado de misericordia cuando el dogma hubiera preferido el castigo, y ha suplicado por el cuidado de nuestra "casa común" cuando el orgullo industrial prefería su destrucción. ¿Qué otro signo de santidad podría pedirse sino la de quien arriesga su prestigio por amor a los olvidados?

Francisco, con su andar lento pero firme, recuerda que la grandeza del ser humano reside no en su fuerza, sino en su capacidad de compadecrse. Su santidad es la de un hombre que no pontifica desde la altura de su investidura, sino que desciende al barro del dolor humano, consciente de que allí, y no en los salones dorados, se encuentra a Dios.

No es infalible, ni pretendo serlo. No es perfecto, y en ello radica su testimonio más poderoso: la santidad no es la negación de la fragilidad humana, sino su redención. En un mundo que exige superhombres, Francisco nos recuerda que la verdadera grandeza se mide en la pequeñez de los gestos cotidianos, en el perdón ofrecido una y otra vez, en el amor que insiste cuando todo parece perdido.

Y, como canta León Gieco, "Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente", Francisco es, precisamente, esa respuesta encarnada: un corazón que no ha sido indiferente al sufrimiento del prójimo, una conciencia despierta en medio de la tempestad.

Por todo ello, afirmo sin temor al error ni pretensión de idolatría que Francisco es un santo entre nosotros. Y quizás, como suele suceder con los santos verdaderos, sólo cuando ya no podamos escuchar su voz, cuando su figura humilde se haya perdido en la distancia del tiempo, comprenderemos cuán cerca de nosotros caminó este gigante de alma sencilla.

 
 
 

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