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El Monumento a los Cocolos: un espejo de raíces profundas

En el malecón de San Pedro de Macorís se alza un conjunto escultórico que no es solo piedra ni metal: es un eco de memorias. El Monumento a los Cocolos nos recuerda a quienes llegaron desde islas lejanas como Antigua, San Cristóbal, Barbados o San Vicente, y que con su trabajo, fe y cultura tejieron una parte esencial del alma petromacorisana. No son nombres anónimos: fueron y son los Mills, los Bigay, los Fleck, los Williams, los Dunker, los Morrison, los James… familias que con su sudor sostuvieron los engranajes de los ingenios y que fundaron comunidades solidarias, templos y tradiciones que siguen vivas.

Hablar de cocolos es hablar de hombres y mujeres que cargaban machetes por el día y Biblias al anochecer; que sembraron clubes deportivos, grupos de teatro y las primeras asociaciones mutualistas en un país que apenas despertaba al siglo XX. Ellos trajeron consigo la disciplina metodista, la música de coros anglicanos, la dignidad de sus pasos firmes, el respeto por la palabra empeñada. No fueron “inmigrantes” en abstracto: fueron Jones con sus reuniones comunitarias, Williams con su liderazgo sindical, Dunker organizando partidas de cricket, Morrison ensayando danzas que más tarde serían patrimonio cultural.

San Pedro de Macorís no sería el mismo sin los cocolos. Sus descendientes heredaron un amor profundo por la educación, la organización colectiva y el progreso. Fue esa visión la que permitió que quirieran figuras destacadas en el deporte, las artes y la ciencia, muchos de ellos llevando con orgullo apellidos cocolos que regresan hoy como sinónimo de disciplina y resiliencia.

Al caminar junto al monumento, uno siente el viento marino y el susurro de los ancestros que llegaron buscando libertad y un nuevo comienzo. Las formas onduladas de los muros evocan el mar que atraviesan; Las placas de metal oxidadas parecen contar las historias de barcos que traían sueños en cada puerto. Y en cada grieta, se adivina el sacrificio de quienes resistieron el calor de los cañaverales y la indiferencia de un país que tardó en reconocer su aporte.

Este monumento nos invita a reflexionar sobre la identidad dominicana como un crisol vivo: sobre la importancia de mirar con respeto y gratitud a quienes, como los Mills, Bigay, Fleck, Williams, Dunker, Morrison, Jones y tantos más, sembraron semillas de dignidad, cultura y comunidad que germinan hasta hoy. Porque no se puede hablar de San Pedro de Macorís ni de nuestra nación sin reconocer la herencia cocola que nos enseñó que la diversidad es riqueza, que el trabajo compartido es poder y que la memoria es un deber.

En un tiempo en que se nos olvida con facilidad de dónde venimos, el Monumento a los Cocolos nos devuelve la mirada de los que llegaron primero y que nunca dejaron de llamarse dominicanos, aunque su acento, su fe y su música vinieran de otras orillas. Y nos deja un mensaje claro: solo seremos un país verdaderamente grande cuando valoremos a todos nuestros pueblos, los que estaban, los que llegaron y los que vendrán.

 
 
 

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