El Síndrome de Europa: la fatiga de volver
- DR. BARY G. BIGAY MERCEDES

- hace 3 días
- 2 Min. de lectura

Hay un fenómeno del que poco se habla, pero que cada vez se siente más entre quienes regresan de Europa a sus países de origen. Yo lo llamo el Síndrome de Europa. No se trata de una enfermedad ni de un diagnóstico médico, sino de un estado del alma: una especie de fatiga de vida, una mezcla de desilusión, arrogancia silenciosa y cansancio existencial.
La burbuja del bienestar
El cansancio del regreso
El que retorna de Europa no llega cansado del vuelo, sino agotado del contraste. Todo le parece lento, torpe o desorganizado. Siente que los demás viven en una dimensión distinta, y con frecuencia desarrolla una especie de superioridad disimulada: “yo vengo de Europa”. Pero en el fondo, esa actitud no es más que una máscara de tristeza.
Porque lo que realmente duele es la pérdida de sentido. Nos formamos en Europa con la ilusión de regresar para transformar algo, para aplicar lo aprendido, para construir un país mejor. Pero muy pronto comprendemos que el sistema no está esperando nuestra llegada. Nadie nos necesita. Lo que allí era mérito, aquí se vuelve molestia.
El resultado es una fatiga no sólo laboral, sino emocional: la fatiga de la expectativa.
Un síndrome autolimitado... o no
El Síndrome de Europa suele durar de tres semanas a un mes. Es un duelo breve pero intenso. Con el tiempo, uno se adapta, reaprende la vida local y encuentra un nuevo equilibrio entre lo aprendido y lo vivido.
Sin embargo, hay quienes no se recuperan. Permanecen atrapados en la nostalgia del orden y la comodidad europea. Idealizan el pasado y comienzan a planificar su retorno al “paraíso”. En esos casos, el síndrome se cronifica: el deseo de volver se convierte en una forma de vida.
El problema no es Europa, sino lo que proyectamos en ella: la idea de que un lugar puede salvarnos.
La cura: reconciliarse con la imperfección
El antídoto del Síndrome de Europa no está en otro viaje, sino en la reconciliación. Aceptar que nuestro país es imperfecto, pero también nuestro, y que el bienestar verdadero no depende de los trenes puntuales o de las aceras limpias, sino de la capacidad de crear sentido donde otros sólo ven rutinaria.
Europa puede enseñarnos mucho, pero si no aprendemos a vivir fuera de su burbuja, terminamos exiliados en nuestra propia tierra.
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