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Mortalidad neonatal en República Dominicana: Dos décadas, una deuda pendiente

En los últimos 20 años, República Dominicana ha avanzado en muchos frentes: economía, tecnología, acceso a servicios básicos. Pero hay una cifra que, silenciosamente, resiste el progreso y nos enfrenta a una verdad incómoda: seguimos perdiendo a demasiados recién nacidos.

La línea que no cede

Desde el año 2000, la tasa de mortalidad neonatal (muertes de bebés en los primeros 28 días de vida) en República Dominicana ha oscilado persistentemente entre 20 y 25 muertes por cada 1.000 nacidos vivos. Aunque ha habido cierta mejora, no ha sido ni lineal ni proporcional al desarrollo del país. Para ponerlo en perspectiva, países con ingresos similares —como Costa Rica o Panamá— han reducido su tasa a menos de 10 por mil. Nosotros seguimos duplicando ese número.

¿Por qué?

Más allá de los números

Los determinantes son múltiples, pero las causas más frecuentes se repiten: nacimientos prematuros, infecciones neonatales y asfixia al nacer. Y aunque suenan técnicas, detrás de esas palabras hay historias humanas. Historias de madres que no tuvieron acceso a un control prenatal adecuado. De hospitales que carecen de incubadoras. De zonas rurales donde un parto complicado sigue siendo una emergencia sin solución cercana.

Y no, no es solo un tema de pobreza. Es también un reflejo de cómo priorizamos nuestras políticas públicas, de cómo funciona (o no) el sistema de salud y de cuán desigualmente distribuida está la atención médica especializada.

El espejismo del promedio

Lo más peligroso de las estadísticas es que pueden mentir si no se miran de cerca. Aunque el promedio nacional se mantiene alto, hay regiones donde las cifras son aún peores. Provincias como Elías Piña, Bahoruco o Monte Plata enfrentan tasas que podrían considerarse crisis humanitarias en otros contextos. Esto revela otra dimensión: la brecha entre el “centro” y la “periferia”, entre lo urbano y lo rural.

¿Qué hemos hecho y qué no?

Durante estos años se han implementado políticas clave: mejoras en el Seguro Familiar de Salud, programas de parto humanizado, aumento en la cobertura de vacunación y capacitación de personal. Pero muchas de estas iniciativas carecen de continuidad, supervisión o financiamiento real.

Además, la inversión pública en salud sigue por debajo del 2% del PIB, muy lejos del 6% recomendado por la OMS. Y no se trata solo de gastar más, sino de gastar mejor: en neonatología, en transporte sanitario, en educación sexual y reproductiva.

El costo del silencio

Hablar de mortalidad neonatal no es cómodo. No hay géneros titulares. No es un tema de campaña. Pero cada número representa una vida que no tuvo oportunidad. Un país que quiere mirar hacia el futuro no puede permitirse ignorar a sus ciudadanos más frágiles desde el primer día.

Reducir la mortalidad neonatal no es solo una cuestión de salud pública. Es un acto de justicia. De humanidad. De responsabilidad intergeneracional.

Y quizás lo más urgente: es una promesa pendiente que ya hemos tardado demasiado en cumplir.

 
 
 

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